lunes, 3 de octubre de 2011

El toque de “téntere nublo” en Ujué.

El día 23 de setiembre del 2011 hubo en Pamplona un evento muy especial para celebrar la finalización de las obras de restauración en la fachada de la catedral: Un concierto en el que tomó parte la capilla de música y sonaron todas las campanas. El acto congregó una gran cantidad de gente en el atrio de la catedral y calles adyacentes

Estuve presente entre todo aquel gentío, y al oír los toques de difuntos y el de "téntere nublo" que interpretaron los campaneros no pude menos que acordarme de mi padre que fue sacristán y campanero en Ujué.
En esa concatenación de ideas recordé que el día anterior se mencionaba en la prensa que en las torres de la catedral “algunos campaneros murieron fulminados" a causa de los rayos.
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El campanero de Ujué y las tormentas.
Los nublaus en Ujué suelen ser espectaculares. Más de una vez cuando vivíamos en lo más alto del pueblo, estuve observando cómo se formaban las tormentas allá lejos en la Ribera y como poco a poco se iban acercando…
Vi muchas veces aquellos tremendos nubarrones cargados de ruidosa electricidad y oí el chasquido resplandeciente y ensordecedor de más de un rayo chocando contra el pararrayos de la torre haciéndome sentir pequeño, ínfimo, insignificante ante el poder de la naturaleza.

Pero sin lugar a dudas los nubláus más terroríficos que he vivido son los que pasé cuando era un mocé de cinco o siete años.
Era cuando todavía vivía en casa de la tía Joaquina. ¡Qué miedo y terror cuando el estampido del rayo, el resplandor de los relámpagos, los truenos, la fúrbula (viento huracanado) el pedrisco y el diluviar se enseñoreaban de todo!

Desde la ventana de casa la tía Joaquina se veía el campanario de Ujué y allá, en lo más furibundo de la tormenta a Fausto, el sacristán de entonces. intentando que las campanas se oyeran en medio de aquel espanto de destellos y estruendos. Con las dos mas grandes hacía sonar el "tente nublo".
Creían que con las ondas sonoras de estas campanas se podía romper y disipar las malas nubes.

Yo, asustado por el continuo fragor de relámpagos, truenos, viento y agua solía correr a refugiarme en el regazo de la tía Joaquina. Entonces ella me abrazaba y se ponía a rezar fervientemente aquello de “Santo Dios, santo fuerte santo inmortal, líbranos Señor de todo mal” con lo que, al verla tan angustiada, mi espanto aumentaba todavía más.
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De cuando mi padre se negó a tocar a "nubláu".
Llegó el año 1964. Un buen día mi padre, José Miguel, aceptó el cargo de sacristán y campanero y nos trasladamos a vivir allá, a la casa de en lo más alto del pueblo quince metros debajo del campanario.

El trabajo de sacristán consistía en abrir y cerrar la iglesia, atender la sacristía y todos los oficios religiosos y tener todo limpio y en orden.
En lo que a campanero se refiere, dar cuerda al reloj de la torre, dar los toques del alba, del ángelus al mediodía y el del anochecer. Dar los toques previos a todas las misas y tocar a “sagra” en el momento de la Consagración de la Misa mayor.

Había que tocar las campanas grandes en la víspera de los domingos y a la vez se bandeaban las pequeñas si el día de fiesta era de suma importancia. Con las campanas pequeñas se tocaba a Viático cuando había que llevar la comunión y la extremaunción a un enfermo.
Cuando alguien moría había varios toques diferenciando si era hombre o mujer. Si el muerto era un niño había un repique llamado de “mortichuelo” con dos de las campanas pequeñas.
Mientras se trasladaba al difunto hacia la iglesia para hacerle el funeral también había otro toque muy triste y parsimonioso tañendo las cinco campanas…

En caso de incendio se tocaba a rebato con las dos campanas grandes. En las bodas al salir los novios de la iglesia también había un repique especial con las grandes.
En los toques y repiques a misa también se diferenciaba los de entre semana y los dominicales, los de a misa Mayor y los de a misa normal. Por la tarde se daban los tres toques para el Rosario.También se volteaban las campanas en bandeo durante las procesiones.

Y también existía el toque de “téntere nublo”. Aquí es donde a mi padre se le trabó lo de ser campanero. Admitía que las campanas grandes podían romper las malas nubes pero el temor a las tormentas, que también eran cosa de Dios, era mayor que su creencia en toques y campanas.

Así que, nada mas empezar de sacristán, se le ponían los pelos de punta sabiendo que llegaría el día en que debería tocar a “nublau”.
Solo la idea de tener que subir al campanario en medio de una tormenta lo paralizaba de terror.

Llegó el verano y los primeros truenos. La excusa, a puro de rumiarla durante meses, resultó fácil: El toque de téntere nublo era un toque de servicio público. Por lo tanto -según mi padre- debería ser sufragado por el ayuntamiento.
Y como cuando empezó de sacristán y habló de las condiciones con el cura, no se mencionó la obligación de tocar a “nublau” y dado que tal cosa no estaba escrita ni estipulada en ningún sitio, era fácil negarse. Y se negó a tocar a nublau.
Y rezó para que ni al ayuntamiento ni a la parroquia se les ocurriese instituir una paga que le obligase a ello.
Fueron tremendas las críticas que recibió el bueno de José Miguel. Y las puyas que me lanzaron los demás muetes de la escuela a causa de que mi padre no tocara a nubláu, fueron de aupa.
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En medio de aquella situación ocurrió algo que vino en la prensa y que dijeron en la arradio: Un campanero murió fulminado cuando tocaba el tente nublo en un pueblo de Zaragoza.

-¿Que queréis que se toque a nublau? Pues subir vusotos a la torre. Hale, ya os dejo las llaves -decía mi padre - Mirar lo que le ha pasáu al campanero de ese pueblo -proseguía- .
Ni que decir tiene que nadie se atrevía a subir al campanario tras oír semejantes razones.

El yoduro de plata
Justo en aquellos tiempos llegó al pueblo un nuevo adelanto, un milagro de la ciencia:
A Sabino el guarda se le trajo una estufa, carbón y un mineral que llamaban yoduro de plata. Le dijeron que estuviese atento a la radio y si el locutor avisaba que había riesgo de tormenta con granizo, que encendiera la estufa en el Castillazo y que echara yoduro al fuego .. y con el humillo resultante pues que ya no habría pedrisco.

La gente llana del pueblo quedó confusa: ¡Querían hacer desaparecer las tormentas con una estufa!.... ¡Ni que fueran dioses!…

Mi padre encantado. Si apedreaba ya no era responsabilidad suya por no tocar las campanas…

Al parecer la gente no debía tener mucha fe en lo de las campanas. O quizás a causa de que ya no se tocaba a nubláu conservaban en uso otros métodos para protegerse de las tormentas y del pedrisco:
En la ventana de cada casa, y a veces hasta en los sembrados, lucía el ramo bendecido de la procesión del domingo de ramos.. Y en cuanto empezaba a tronar se volvía a encender el cacho de vela que había sobrado tras arder ante el Santísimo en jueves y viernes santo.

Claro que en Ujué también había algún descreído que ya empezaba a pagar seguros agrícolas diciendo que con ramos o sin ramos, con campanas o sin campanas, con yoduro o sin él siempre apedreaba.
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NOTA FINAL
Allá por 1987, veintitrés años más tarde de que mi padre empezase como sacristán y campanero, llegó a nuestras manos un trabajo de Jose Mª Jimeno Jurio titulado "Ritos de primavera y verano".

En él se menciona la costumbre de tocar a téntere nublo y los siete muertos que hubo en Corella cuando volteaban las campanas durante un nublau, lo de otro muerto tocando a téntere nublo en la torre de Lerga.... otro en la de Aibar... un muerto estando tocando a nublau en Petilla de Aragón en tiempos de Ramón y Cajal....

Mi padre se lamentó por no haber tenido antes ese librico, ya que años antes podía haberle sido de gran utilidad a la hora de argumentar su pavor y su negativa a subir a la torre a tocar a nublau.
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