jueves, 11 de marzo de 2010

Por la memoria de mi padre no me callaré.

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POR LA MEMORIA DE MI PADRE NO ME CALLARÉ.
¿Os imagináis a una persona de setenta y tantos años en el tejado de la casa del sacristán de Ujué arreglando goteras?


Un escalofrió recorre mi cuerpo cada vez que recuerdo a mi padre, ya viejico, allá arriba en esa tarea.
Él, nosotros, vivíamos ahí pues la vivienda era inherente a su cargo de sacristán y allí vivió desde el año 1964.
El tejado, nunca estuvo en buenas condiciones, así que cuando había goteras él no tenía más remedio que subir a arreglarlas con riesgo de resbalar y caer a la calle desde aquella formidable altura.


Los tejados de esa casa, nunca fueron reparados por la parroquia.
Si en esa parte hubo un control para eliminar o evitar goteras, fue gracias al trabajo espontáneo del bueno de José Miguel, mi padre.

Los demás tejados, descuidados por completo. Siempre esperando que la Diputación viniese a arreglarlos. La parroquia no gastaba ni un duro en ellos.

Yo trabajaba en Pamplona y entre semana vivía en mi piso de Zizur.
Y a Zizur tuvo que venir José Miguel cuando continuos catarros y una fuerte subida de glucosa le recomendaron irse de aquel lugar insalubre donde vivía.
En mi piso su salud mejoró ostensiblemente alejado de las humedades y de las corrientes de aire de aquella desvencijada casa. Era el año 1987.

Dejó de percibir el sueldo de sacristán que en el mejor mes del año, el de mayo, con las extras de las romerías llegaba a casi las diez mil pesetas. La parroquia no cotizó por él a la seguridad social y la pensión la cobró del S.O.V.I.

Desde mediados de 1987 no hubo nadie que subiera a arreglar el tejado de aquella casa. Y eso hizo que las goteras se adueñaran de esa parte del conjunto monumental del santuario-fortaleza calando hasta la mismísima sacristía.
El único remedio que la parroquia puso fue colocar docenas de tiestos que se desbordaban a la menor tormenta.

Otro trabajo que se tomaba mi padre era el de tener limpia la subida a los torreones. De los dos torreones, solo el menor era visitable.

En cuanto al torreón mayor, a mediados de los sesenta prohibieron que subieran visitas por la peligrosidad de sus escaleras y por el deterioro y agujeros en los suelos en todas sus plantas interiores.



A pesar de ello mi padre tenía que subir a dar cuerda al reloj del campanario todos los días, y a bandear y repicar las campanas a mano en días festivos.

Siempre reivindicó ante el párroco que se electrificaran las campanas para no tener que subir aquellas peligrosas escaleras y luego darse otro palizón bandeando o repicando.

Y justo después de tener que irse es cuando al fin pusieron un motor eléctrico a dos de las campanas y un sistema de toques en otras dos. Todo se activa desde la sacristía cada vez que se necesita.

Aún recuerdo como mi padre recriminó al párroco no haber hecho eso cuando todavía ejercía de sacristán sino justamente al poco de tenerse que ir.

Tras la electrificación de las campanas ya no subió nadie al campanario. Las escaleras de acceso al torreón mayor se podrían a causa de la lluvia y los elementos.

Como nadie subía ya hasta allí, las palomas comenzaron a anidar por doquier y sus excrementos a acumularse por todas partes acelerando la putrefacción de todo el maderaje.

Pasaron los años. Y llegó octubre de 1996. Dos ujuetarras llamamos a la prensa.
Varios reporteros pudieron ver aquella y otras calamidades. Gracias a los reportajes que publicaron los periódicos, toda Navarra pudo saber en qué estado estaba Santa María de Ujué.

Por aquellas fechas preparamos una colección de cien diapositivas que hablaban por sí solas del deterioro existente.
Las íbamos a emplear para ilustrar las charlas que los Amigos de Ujué dimos en nuestro pueblo, Tafalla, Olite, San Martín de Unx, Murillo el Fruto, Pitillas, Pueyo y Barasoain. Las fotos que ves son parte de aquella colección.

Mi padre fue el primero en ver todas las filminas en nuestro piso de Zizur. Tras ponerlas en orden las proyecté en el salón de casa.

Todavía me estremezco al recordar como se puso a llorar mi padre al ver estas fotos….¡con lo cuidado que yo lo tenía!... decía una y otra vez...
El estupor, la indignación y la rabia de ver aquello, lo emocionaron sobremanera haciéndole sollozar.

Me pidió no seguir con la proyección mientras se secaba los lagrimones con el pañuelo.
Ver la ruina de la casa donde había vivido y ver como la mierda se acumulaba en el campanario le afectó fuertemente.
A los pocos días, ya más sereno, me pidió volver a ver todas las filminas.

Que no me venga nadie diciendo que el Obispado y la Parroquia cuidaron de la conservación del santuario. Estuvieron esperando que otros lo hicieran. Por la memoria de mi difunto padre no me puedo callar. Y por eso os lo cuento.

¿Y qué opinaban desde el Gobierno de Navarra?
Solo hay que leer en el B. O. del Parlamento de Navarra/ IV Legislatura Núm. 7 / 3 de febrero de 1997.
En el boletín se puede leer como Jesús Javier Marcotegui Ros, Consejero de Educación y Cultura, responde a unas preguntas parlamentarias diciendo que los defectos a subsanar en el santuario-fortaleza de Ujué eran considerados como de mantenimiento y que los debía sufragar el Obispado. El Gobierno (gobernaba UPN) prometía aportar una subvención.
Más claro agua.
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EPILOGO
El 4 de enero del 2006 y valiéndose de una reforma del Reglamento de la ley Hipotecaria hecha por un decreto del Gobierno de Aznar (artículo 206 de dicha ley) la Diócesis de Pamplona inscribió a su nombre en el registro de la propiedad la casa parroquial (palacio de Carlos II) y la iglesia-fortaleza de Uxue.
El valor que en las escrituras dieron al conjunto monumental fue de 219.000 euros. El gasto total para ponerlo a su nombre no superó los 30 euros.
El Gobierno de Navarra gastó cerca de siete millones de euros entre el año 2000 y el 2011 en hacer trabajos arqueológicos y en restaurar y consolidar el conjunto monumental de Uxue. El Obispado no desembolsó ni un céntimo.
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